Era uno de esos días en los que las nubes se agolpan una detrás de otra y de otra y otra, y encima también; en los que el sol apenas muestra una ínfima parte de su grandeza, de esa grandeza que se nos escapa. Y no me importaba. No quería sol, ni verde.
Era uno de esos días en los que un piano, triste, con un ligero sabor a café recalentado, podía elevarme muy por encima de esas nubes y permitirme contemplar la vida (miserias, distancias, afanes, abrazos) desde una posición privilegiada, digna de dioses de hojalata y diosas tentadoras. O bien clavarme un puñal viejo y oxidado, supremo, en el pecho, justo en el centro, y retorcerlo sin piedad alguna hasta hacerme sangrar todos los coágulos de basura que me oprimían el alma y no me dejaban dormir.
Era uno de esos días, oscuros aunque nítidos, casi transparentes, en los que una limpia tormenta me revolvía las entrañas; y finas gotitas de gélida agua caían y caían sin cesar, ni un solo instante, y relámpagos plagados de palabras me iluminaban por dentro, tan velozmente que mis dedos parecían hechos de granito. Y yo apenas podía seguir el intenso ritmo de la tormenta.
Palabras fugaces, dedos torpes.
Precioso reto.
Era uno de esos días en los que no existía mas respirar que el de mi cigarro seco y arrugado, y yo daba las gracias por ello. No se a quien, pero las daba. Le di una calada, honda y parsimoniosa, y un trocito de ceniza carbonizada, apenas un minúsculo copo de nieve negra, comenzó a volar placidamente por encima de mi. Yo di otra calada, y con el humo prolongue su vuelo, a mi antojo; izquierda, derecha. La ceniza, consciente de su belleza y poder, obedecía en silencio, sin chistar, y yo la contemplaba, hinchado por aquella fotografía viviente que se me había regalado sin que yo la buscara.
La vida es así de caprichosa; uno nunca halla cuando muere buscando y rebuscando.
La ceniza acabo cayendo, como cae todo, y yo me despedí de ella hasta la próxima cita. – Hasta el lecho de muerte- le dije. Sin duda, allí estaría. Como estarían los ojos de ella o aquella vela que murió cuando murió la canción.
Era uno de esos días que apenas llegan ya se van, de esos de los que bebo y respiro, de esos en los que nada importa; ni el café que se enfría, ni el teléfono que chilla y chilla e infecta el aire. Uno de esos días en los que camino entre todos pero no veo a nadie, de esos días en los que soy yo, un puro yo, y tras mi frontera, la mas dictadora y autoritaria, solo hay un hediondo y fugaz humo de lo que fue; de esos días que pasaría subido en un autobús, atravesando la ciudad de un lado a otro, desde mi cristal inquebrantable, contemplando como se empapa y pudre sin empaparme y podrirme yo con ella, como enloquece y se desquicia desde la mas profunda y efímera lucidez. Todo el día, a través de mi cristal. De un lado a otro.
Era uno de esos días en los que fue mañana y después tarde y después noche. Y yo apenas me percate de ninguna de ellas. Todas fueron una sola. ¿Habrá años así? ¿Habrá años en los que primavera, verano, otoño e invierno no sean? Solo uno, sin nombre. Sin agujas, sin números, sin relojes. Si los hubiera… Yo solo pediría uno. El resto se lo concedería a los demás. – Tomad mi tiempo- les diría. – Yo ya lo he quemado. Y a mi también.
Era uno de esos días en los que era escultor, y pintor también era. Y yo esculpía y pintaba, y ni barro ni colores me faltaban. Y no precisaba de drogas ni cualidades para crear los más imponentes bustos y los lienzos más hermosos. Ahí esta, todo al alcance de la mano. Y lo que yo deseaba era escribir.
Era uno de esos días en los que no me avergonzaría abrazar si así lo deseara, ni pasear desnudo en medio de millones de bocas abiertas (esas bocas abiertas que tanto y tan mal escupen), ni ignorar el saludo de alguien a quien no me apetece saludar, ni llorar mares y mares de lagrimas y babas y mocos; y con ello arrasarlo todo, en una ola gigantesca e inigualable. Y que después solo quedara el silencio.
Ojala pudiera beber tanto.
Era uno de esos días en los que, ya de noche y en otro día, arropado por una fina sabana y entre sus brazos de brisa, con su aliento en mi aliento y su serenidad en un perfecto primer plano, me dormiría (y me moriría) pensando, sabiendo que, al menos ese día, había sido feliz.
Ayer fue uno de esos días.
Ayer.
Hoy vuelvo a ser una inmensa y eterna nada.