En una esquina hay una mujer.
Comienzo de fino viento.
También hay dos hombres.
Los hay, y no.
Yo amo las esquinas.
Eso ella no lo sabe.
En la calle llueve ceniza.
Dios fuma como un carretero.
Estara nervioso.
Sol ardiente, quemado, negro, muerto.
Hay un árbol, sin hojas, esquelético.
En mi mesa hay te, azúcar y un salero.
Si tuviera que elegir, elijo ser salero.
Eso ella tampoco lo sabe.
Genio, por favor, concédame un solo deseo.
La cafetería es colorida.
Hay azules y amarillos y rojos.
La música suena.
Suena pero no dice mucho.
Frente a mi mesa hay un espejo.
Detrás, el baño.
Ella sonríe.
Los colores agachan la cabeza.
Demasiada luz.
Otro hombre solo.
Piensa, acaricia su mentón.
¿Como anda hoy?
Más bien parado.
¿Que tal el te?
No se; hoy soy salero.
Las conversaciones se cansan.
Gracias.
Los camareros están escondidos.
Rincones de perdición.
Bonito titulo.
La música ahora dice algo más.
Dos gardenias.
Se las compro.
No, mire usted, es que no se venden.
¿Es que no ha visto su sonrisa?
¿Es que no ha visto que no era para usted?
Pause.
El hombre solitario tiene un bolígrafo.
Quizás escritor.
Quizás hombre con bolígrafo.
Ella se levanta, va al baño.
Espejo bendito, amigo.
Quizás mañana elija ser tú.
Deja la puerta entreabierta.
Mi corazón galopa salvaje.
Mis piernas tiemblan cobardes.
Se lava las manos.
No, mejor agua.
Sale.
Del baño y la cafetería.
También los dos hombres.
Camarero, un chupito.
¿De que?
De sal.
Se olvida el tequila y el limón.
No, yo no; ellos.
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